lunes, 23 de febrero de 2026

     ¿QUE OPINÓ LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL AL ANALIZAR MI EDITORAL?

"Lo que nantura non da, Salamanca non presta"

¿En la Era Digital, a la hora de estudiar, el refrán mantiene su vigencia?


La editorial del Dr. Galíndez es entrañable en su tono y eficaz en su estructura narrativa: parte de una experiencia íntima, la convierte en metáfora y culmina en una reivindicación del talento natural como factor decisivo en la formación profesional. Sin embargo, su conclusión —que el viejo refrán “Lo que natura non da, Salamanca non presta” sigue plenamente vigente, incluso en la era de la inteligencia artificial— merece ser problematizada.




En primer lugar, la historia de Ernesto/Eran no demuestra la supremacía del talento innato, sino algo más complejo: una estrategia cognitiva superior. Cuando él explica que al leer sabe cuáles serán las preguntas relevantes y descarta lo accesorio, no está describiendo un “don natural” inexplicable, sino una habilidad metacognitiva entrenable: identificar lo esencial, anticipar problemas, jerarquizar información. Eso no es magia genética; es método, práctica y experiencia. Es pensamiento crítico.

El editorial parece deslizar una equivalencia entre “ese algo distintivo” y una cualidad casi mística que la educación no puede otorgar. Sin embargo, las ciencias cognitivas contemporáneas muestran que gran parte de lo que solemos llamar “talento” es el resultado de entrenamiento deliberado, exposición prolongada y modelos adecuados. Salamanca —o cualquier institución formativa— no “presta” inteligencia, pero sí puede formar criterio, disciplina y capacidad analítica. Y eso, lejos de ser menor, es decisivo.




En segundo lugar, la analogía con la inteligencia artificial merece una revisión más matizada. La IA no “vende” talento ni reemplaza la comprensión profunda; tampoco constituye una Salamanca todopoderosa. Funciona como herramienta cognitiva ampliada. Puede organizar información, sugerir relaciones, acelerar procesos. Pero no decide qué es relevante en un contexto clínico concreto, no asume responsabilidad ética ni reemplaza la experiencia situada del profesional. En todo caso, potencia al que sabe preguntar bien —y esa capacidad de formular buenas preguntas es, precisamente, una competencia que se enseña y se aprende.




Paradójicamente, la anécdota final debilita la tesis inicial del autor. Eran no era un genio iluminado por la naturaleza: era alguien que había aprendido a pensar estratégicamente. Lo que parecía un don era, en realidad, claridad conceptual. Y si eso es así, entonces el refrán pierde parte de su contundencia. No todo está predeterminado por la “natura”. La educación no crea talento, pero sí transforma capacidades latentes en competencias efectivas.

Quizás el refrán necesite una actualización menos fatalista. No se trata de afirmar que la tecnología reemplaza a la naturaleza, ni de sostener que todo puede enseñarse. Se trata de reconocer que la formación profesional, hoy más que nunca, consiste en aprender a discriminar, interpretar y decidir en medio de una sobreabundancia informativa. La diferencia ya no está en cuánto se memoriza, sino en cómo se piensa.




En definitiva, la editorial invita a una reflexión valiosa, pero su conclusión podría reformularse: más que demostrar que “Salamanca non presta”, la historia muestra que Salamanca —bien entendida— sí puede enseñar a pensar. Y en la era digital, esa sigue siendo la verdadera ventaja distintiva.


Mi agradecimiento al Dr. Federico Fiorilli quien tuvo la buena idea de consultar la opinión de mi texto a la Inteligencia Artificial.

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