domingo, 31 de mayo de 2026

 

“POR FAVOR NO TE QUIEBRES”

Un análisis del llanto en los hombres.

De la austeridad estoica a un acto de coraje.

 

 

Dr. Jorge O. Galíndez*

 

  “No vayas a llorar, no te quiebres”, me susurró María Rosa, mi esposa, sentada a mi lado justo cuando me paraba tras ser convocado al estrado para recibir un Reconocimiento Profesional que consideraba trascendental en mi carrera.

 Bien sabe ella con qué facilidad me invade el llanto, muchas veces por cuestiones ínfimas, que me son tan difíciles de explicar.

 Más adelante veremos cómo siguió ese inolvidable momento.


 Siempre me ha  parecido injusta esa máxima no escrita por el cual al hombre no le es conveniente que se lo vea llorar. No mostrar una emoción, aún en momentos claves de la vida, parece ser el precepto que, de no ser cumplido, nos pone en serio riesgo de tener que escuchar en un lenguaje lleno de prejuicios culturales, la  sentencia de  esas dos palabras que tanto significado negativo tienen.

 Se quebró!!!"

 


 En circunstancias en las que siento súbita felicidad, muchas veces difícil de explicar racionalmente, me comporto como un llorón incorregible y como consecuencia  siempre me ha fascinado intentar entender  este fenómeno incontrolable lo que me llevó a buscar, en primer lugar, la respuesta  en la fisiología. Allí reparé que la función reguladora del sistema nervioso parasimpático liberando neurotransmisores que luego estimulan  las glándulas lagrimales es la que provoca el incontrolable llanto emocional ante este tipo de situaciones nimias pero, felices al fin que, sin dudas, expresan nuestros sentimientos más profundos.

 


 Pero el tema es aún más complejo ya que el fenómeno fisiológico no alcanza para explicar el porqué de nuestras emociones que lo preceden y los secretos de nuestra experiencia inconsciente a los que deberíamos sumar, para complicar aún más la situación, los contextos sociales y culturales que nos rodean.

 

 Profundicemos, ¿Cuál es el significado implícito que conlleva expresar “se quebró”?

 Es evidente que sí algo se quiebra es frágil, no tiene la solidez necesaria, no está hecho de material suficientemente denso y como consecuencia expresa debilidad y carencia de la armadura defensiva de sentimientos que todo hombre, por mandato social, debería siempre tener.

 


 A través de los tiempos, la expectativa de que los hombres se mantengan fuertes y contengan sus emociones ha estado presente en las más diversas culturas.

 Vaya como ejemplo lo que predicaban los estoicos, aquella escuela filosófica de la antigua Grecia  que tanto influyó en el imperio romano, donde el énfasis era puesto en el desarrollo del carácter y donde la regla imperativa era reaccionar con el razonamiento y  nunca dejarse llevar por las emociones a las que consideraban efímeras y muy alejadas del autocontrol por lo que debían ser reprimidas o manejadas con equilibrio austero evitando que nublen la razón.


 

 Diametralmente opuesto es el análisis mucho más actual de ese “quiebre” emocional que hacen aquellos que invocan hoy los defensores de la igualdad de género que lo interpretan como un acto de coraje y un desafío a las llamadas normas de género asegurando que llorar en público aleja de forma saludable a los hombres  de lo que dan en llamar  “masculinidad tóxica”, terminología que explican es históricamente, la promotora de la supresión emocional.

 


 Por otro lado no dudan en expresar que ese llanto emocional contribuye también al debate sobre cómo las normas sociales deben evolucionar y aceptar como naturales una gama más amplia de expresiones emocionales.

 

 Con sus pros y sus contras éstas dos desafortunadas palabras siguen inquietándome y me incitan a la búsqueda permanente de encontrar una frase que reemplace esa sentencia y que transmita el significado positivo de  la profundidad psicológica que expresa el llanto.

 En su búsqueda leí y releí muchas frases que me impactaron e ilustraron pero ninguna me identificaba totalmente hasta que encontré aquella de Borges que, con su estilo único, lo definió en “El Aleph” como:

“El alma que se le  asomó a los ojos”

 


 De vuelta al atril, donde estaba disertando tranquilo, de forma coloquial y con voz segura. Era la tercera vez que la ciudad reconocía mi trabajo y el  Recinto de Sesiones del Concejo Municipal  estaba colmado de familiares, colegas, amigos, ediles y funcionarios

                 

 Todo cambió cuando llegó el momento final, el de los agradecimientos, y fue allí cuando me atravesó como una puñalada la imagen de dos sillas vacías.

 De pronto sentí ese inexplicable pródromos que tanto conocía, el ceño se fruncía, adelantándose a lo que bien sabía iba a suceder!

 Ante lo imposible de evitar, detuve las palabras con plena conciencia que mi cara y los ojos húmedos me delataban por lo que, como me habían enseñado, volví a respirar hondo y mirar al fondo de la sala evitando cruzar miradas.

 
 Nada sirvió, las lágrimas aparecieron silenciosas y cristalinas y ya entre vergonzosos  sollozos recité las simples palabras que había escrito en la dedicatoria del libro y, con la mejor voz que pude dije,

“Esto es para Uds. mis queridos viejos”!

                          

¡Que me voy a quebrar, María Rosa! Sólo los estaba honrando con lágrimas!

 

*  Médico Distinguido de la ciudad de Rosario. Autor de “Ya no es tan grave. La historia de los médicos que enfrentamos al sida” y “Mientras el mundo se transforma. Reflexiones sobre Medicina, Ciencia y Liderazgo”

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