lunes, 4 de mayo de 2026

 

MAESTROS Y DISCIPULOS (II)

Relaciones transitorias  que perpetuadas desvirtúan el noble propósito inicial.

 

Dr. Jorge O Galíndez *

 

Era una fría noche de invierno y la Sala Pineda del primer piso del Círculo Médico estaba colmada de jóvenes residentes de Clínica Médica, sus instructores y nosotros los jefes de los distintos hospitales de la ciudad que participábamos de una de las habituales  reuniones de la Asociación de Medicina Interna (AMIR).

En esa oportunidad nuestro Servicio presentaba un caso problema y “el Provincial” lo discutía!


Allí me impactó una joven que parada frente al atril defendía su postura con una seguridad y prestancia  nada habitual para su edad. En ese momento resonó en mi mente  la canción de Fito Paéz “yo no buscaba a nadie y te vi”.

Terminada la reunión me acerqué, la felicité y le pregunté sí me conocía.

“No”. Dijo entre desafiante e incómoda.

“Ok. Ya vas a saber de mí”, contesté de igual modo!

Sobre el final volveremos a ese encuentro inesperado.

   Entre los profesionales jóvenes es frecuente la búsqueda de un “maestro”, alguien que nos despierte admiración. Por lo general, elegimos  un médico ya consolidado en su carrera, que en el trabajo diario nos simplifica con su ejemplo la complejidad del conocimiento y que, además, tiene una actitud generosa de apertura, de acercamiento que  nos hace más fácil achicar las distancias académicas que nos separan.

En muchos casos, ese maestro es alguien que nos deslumbra con su capacidad de imaginar escenarios futuros, que marca el camino y que con generosidad puede guiarnos, también, en la difícil inserción en la práctica privada.

                      Dr.Oscar Fay siempre atento a los escenarios futuros.

En estos tiempos en que el conocimiento circula con una velocidad inusitada y suele nivelar el acceso a la información de alumnos y docentes, el concepto de autoridad, a mi entender, se refleja no solo por los conocimientos académicos, sino por la imagen que proyecta en sus pares, la certeza de sus decisiones, la trayectoria, la distancia recorrida y el punto al cual llegó.

Ahora, para ser reconocido como maestro debe haber una voluntad de serlo, una vocación por la docencia que trasciende los compromisos formales de un cargo académico y que, justamente, se expresa en el afán por enseñar siempre y aportar todo un background –valga el anglicismo- que solo lo da la experiencia de vida. Esto refuerza su perfil humano, aciertos y equivocaciones, lo que lleva a contrarrestar cualquier pretensión errónea de idealizarlos. Es que el maestro no debe tener miedo de enseñar ni siquiera a partir  de sus propios errores, de los cuales nadie está exento.

Cuando discípulo y maestro se reconocen mutuamente y comprenden que la relación no va a ser eterna, es probable que surjan grandes equipos en los cuales ambos se van a beneficiar.Sí se logra que el primero crezca como profesional y  el segundo sienta la  satisfacción de ver la continuidad de su manera de entender la Medicina se marcará una línea, se  hará “escuela”.

Hemos hablado del “discípulo” pero, es cierto que en muchas oportunidades el maestro aglutina a más de uno. En este caso, debe esforzarse por mantener el equilibrio y establecer como prioridad el aprendizaje y la sana competencia, es decir, el esfuerzo por ser cada día mejor.



Asimismo, en su condición de líder de ese grupo, debe saber reconocer rápidamente cuando existen personalidades encontradas, para que las diferencias se transformen en algo productivo y no en motivo de conflicto.

Ahora, es imprescindible darse cuenta de que tanto la condición de discípulo como la de maestro son transitorias y que perpetuarlas desvirtúa el noble propósito inicial de una relación que suele comenzar, en un pasillo de hospital con un pedido informal: “Podría trabajar con Ud?” o una invitación “Te gustaría sumarte a mi equipo?”.

Por cierto, tiene que haber un acuerdo tácito respecto de que la relación maestro-discípulo no es eterna y que se sostiene con el compromiso y la mutua lealtad cotidiana. En esa sentido, confieso que he visto casos de jóvenes con ambiciones desmedidas y, porque no decirlo, también maestros que nunca entendieron las limitaciones de su rol.

De todos modos, seamos claros, la responsabilidad recae en el maestro; ya que, si bien el alumno debe dar cuenta cuando ha aprendido “todo”, es el docente quien tiene la obligación de reconocer que existe paridad en el conocimiento –o que ha sido superado- y empezar a entender que ahora, está ante un par.

Eso evita rupturas tempranas o relaciones que, por prolongadas, resultan desgastantes.

Más allá de lo dicho, lo valioso es cuando pasado el tiempo el discípulo preserva intacta la gratitud al maestro, independientemente de lo alto que pueda haber llegado uno y otro en su carrera.



“Heti” Biancardi, mi maestro de Clínica, el tiempo ha pasado, pero mi reconocimiento hacia vos perdura.

En mi caso, Héctor Biancardi fue quien me guió en los primeros pasos en la profesión, pero la irrupción del VIH/sida y mi decisión de volcarme a este campo inexplorado me pusieron en una situación inédita. No reconocía a maestros locales y había mucho para aprender. De ahí mi decisión de capacitarme en Europa, donde tuve la suerte de encontrar un nuevo maestro.

Durante mi entrenamiento en Madrid, en el marco del Master en Sida, el muy joven  Dr. Viçent Soriano, despertó en mí, que ya tenía más de 40 años, la incomparable sensación de volver a ser discípulo.

                                     Dr. Viçent Soriano

 Desde aquel Master, nos hemos visto en Ginebra, Atenas, Buenos Aires, París, Santo Domingo  y Bangkok; cada vez que nos encontramos, renuevo mi admiración y agradecimiento, pero más que nada la actitud generosa de seguir motivándome a buscar nuevas metas.

“Siempre tan agradecido tú” dice él con tono circunspecto.

Como para no serlo, Viçent.

Volvamos a ese encuentro inesperado del inicio!

Dos meses después y luego de varias reuniones más formales, tuve el gusto de presentar a todos los integrantes del Servicio a Albertina, para ellos una desconocida recién llegada, que a partir de ese momento sería nuestra nueva Jefa de Residentes!

                                    Dra. Albertina Ghelfi

A partir de allí su crecimiento fue notable siendo hoy reconocida como una de los mejores exponentes nacionales y  con proyección internacional de la nueva visión que tenemos del estudio y tratamiento de la hipertensión arterial.

La parábola se cerró perfectamente, no sólo es admiración y mutuo  cariño, sino, desde mi posición, todo lo que un maestro puede aspirar.

 

Esta Editorial es una actualización de un capítulo de mi libro “Ya no es tan grave. La historia de los médicos que enfrentamos al sida” en sus dos ediciones de los años  2005 y 2019.

* Médico Distinguido de la ciudad de Rosario. Autor de dos libros. “Ya no es tan grave, la historia de los médicos que enfrentamos al sida” y Mientras el Mundo se transforma, Reflexiones sobre Medicina, Ciencia y Liderazgo”.


1 comentario:

  1. Excelente.DR.GALINDEZ..El vwrdadero LIDER informa y forma con sus acciones COHERENTES. Ya sea desde una catedra.un padre/ madre..docentee en gral.y lo saludable es que LOS LIDERES REALES forman LIDERES LIBRES CREATIVOS AGRADECIDOS...los demas somos forman seguidores sumisos que no crecen nunca. Por eso dijo SARMIWNTO " La mejor biografia de un docente son sus alymnos ' Doy GRACIAS oor el liderazgo sano de mi padre y del DR.PICENA y DR.DEEPAK CHOPRA referentes ..GRACIAS A UD.pr SER FARO de esta actualidad.

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