ROMANCE EN EL CONSULTORIO
La magia
de lo inesperado en el lugar inadecuado.
Dr.
Jorge O. Galíndez*
Las dos primeras veces que Clarita
fue a su consultorio lo hizo acompañada de su hermana.
Su clínico, le había sugerido
realizar una interconsulta con mi amigo, un destacado neurocirujano de la
ciudad.
Ninguno de los
dos pudo evitar el súbito intercambio de miradas fugaces que emanaban un incierto
magnetismo, mezcla de curiosidad y deseo,
que desafiaba toda razón pero que ambos supieron controlar con total
sensatez y adultez.
La tercera, un mes después, vino
sola.
Cuando abrió la puerta el saludo fue el habitual
apretón de manos firme y amable, pero que se prolongó unos segundos más que lo
acostumbrado luego del cual ella produjo un “roce casual” con su brazo mientras él le indicaba donde sentarse.
Tenía en ese momento algo más de 40
años, de muy buen aspecto, vestía informalmente sin nada especial para
destacar. El, un poco más joven, como siempre, lucía su impecable guardapolvo
blanco y una camisa rosa.
Sentados ya frente a frente,
separados por el escritorio, ella comenzó a contarle como se sentía, lo mucho
que le preocupaba su estado, no solo a ella sino también a sus dos hijos y a su
marido “al que nombró varias veces”.
El la escuchaba atentamente,
tranquilo sin interrumpir, asintiendo con un “Te entiendo” que repitió varias
veces. Su mirada transmitía seguridad y compromiso, la de ella, directa
a los ojos, se prolongaba algo más de lo habitual y cuando los bajaba se
detenía fugazmente en sus labios.
Claudio, que es un buen intérprete del lenguaje no verbal no
pudo dejar de sumar cuatro datos vagos pero bastante significativos, la mano,
el toque casual, la forma de mirar y nombrar excesivamente a su marido. A decir
verdad él también experimentaba una rara y agradable sensación.
Clarita, hablaba pausadamente incluso con un tono distinto al
que él conocía, cambiaba de lugar y jugaba constantemente con una birome,
prolongaba las explicaciones, sonreía e inclinaba su cuerpo hacia adelante como
acercándose mientras gesticulaba con sus
brazos hasta que de pronto; su mano se apoyó en la de él.
Era el quinto dato. Ya no había dudas, Claudio respondió a ese sutil contacto físico imitándolo pero dejó su mano apoyada y esperó su reacción.
Ella sonrió sin dejar de mirarlo fijamente a los ojos; hizo silencio por primera vez y sin poder evitarlo humedeció suavemente sus labios.
Al unísono, repentinamente, ambos se pararon haciendo
tambalear las sillas que parecían compartir la emoción.
“Nunca imaginé que a mí me iba a
pasar algo así, no me reconozco, pero es más fuerte que yo” susurró Clarita,
cerrando sus ojos.
Luego volveremos sobre esta historia,
Examinemos el tema más
profundamente.
Mucho se ha escrito a través de los
tiempos sobre romances súbitos e inesperados en los más diversos ambientes y
circunstancias.
¿Qué es lo que tiene de especial entonces la situación que
involucra específicamente al médico y su paciente?
Es innegable que el
desequilibrio de poder entre la vulnerabilidad física y emocional de quien
deposita sus angustias en un profesional que tiene la potencialidad de
solucionarlas, facilita el desplazamiento de la confianza y
seguridad que este emana, hacia la idealización.
No olvidemos que el contexto del Consultorio privado, donde nadie entra sin golpear, puede transformarse en pocos segundos en un lugar peligrosamente estimulante y que el uso del guardapolvo como símbolo de profesionalismo, que evoca poder y autoridad, también suele emitir cierta seducción.
Sigmund Freud se
ha referido con frecuencia a este fenómeno, “En el ámbito del consultorio
médico se crea una situación de intimidad donde la fragilidad del paciente y la
posición de cuidado del médico crean un ambiente donde el afecto se desplaza y
precipita un enamoramiento repentino e ilusorio”.
En
nuestro caso éstas definiciones mucho dependen de que ambas partes, muy
especialmente el médico, reconozcan y manejen ese "juego" con
adultez, profesionalismo y ética preservando la distancia necesaria en este
tipo de situaciones.
Bueno es decirlo, no siempre gana el autocontrol.
La reflexión es que en el consultorio, aunque
la atracción sea mutua, es crucial que los médicos mantengamos un
comportamiento ético basado en la confianza evitando cualquier acción que cruce
esa línea y comprometa la calidad de nuestra atención.
En nuestro país, asociaciones médicas, como la Asociación Médica Argentina (AMA) y otros colegios y sociedades profesionales, no dejan dudas sobre su postura enfatizando la importancia de mantener las relaciones profesionales dentro de límites claros y condenan toda acción que pueda en algún modo comprometer la confianza y el respeto sobre el paciente.
Volvamos a nuestro colega.
Claudio no volvió a ver a
Clarita por meses. Una tarde al pasar por la Sala de Espera la vio sentada
junto a su marido.
La miró fugazmente y siguió su
camino, ella fingió no verlo. Sus corazones, luego de un breve sobresalto,
siguieron latiendo normalmente.
¿Fantasía o realidad?
*Médico
Distinguido de la ciudad de Rosario. Autor de “Ya no es tan grave, la historia
de los médicos que enfrentamos al sida” y “Mientras el mundo se transforma.
Reflexiones sobre Medicina, ciencia y
liderazgo”.