BASTA PAPÁ!, NO PODES SEGUIR ASÍ!
El cambio de roles. De hijo a padre, de padre a hijo.
Dr. Jorge O. Galíndez*
La lámpara cialítica del quirófano iluminaba con potencia el abdomen del paciente ya anestesiado mientras el primer ayudante y yo delimitábamos prolijamente el campo quirúrgico esperando la llegada del cirujano.
Todo debía estar listo para cuando la puerta vaivén se abriera y entrara el destacado y admirado, Profesor Edmundo Galván.
En el silencio del quirófano sentí el típico ruido de sus muletas “canadienses”. No hacía mucho tiempo, víctima de un ostesarcoma, le había sido extirpado gran parte del hueso ilíaco, y que, como consecuencia inevitable su pierna izquierda había quedado no sólo acortada sino totalmente inutilizada.
Dejó una de las muletas y se acercó tambaleante a la mesa de operaciones.
Su hija, una joven médica que años después sería mi esposa, se ubicó junto a él. Todos sabíamos que su presencia cercana garantizaba, de ser necesario, el equilibrio que debería mantener con solo una pierna útil.
Sin saludar dijo: “Bisturí”.
Tres horas después de iniciada la cirugía y luego de verificar una y otra vez que el objetivo había sido logrado rompió el prolongado y denso silencio que nos rodeaba y dijo:
“Cierren Uds.”.
Pálido, sudoroso y demacrado se recostó bruscamente sobre su hija que lo acompaño dificultosamente hasta un sillón que habíamos ubicado en la cercanía.
Con los ojos nublados María Rosa le dijo “Basta papá, por favor, ya está, no podes seguir así”!
Galván, siempre irascible y orgulloso, no tardó en contestarle en voz alta asegurándose que todos lo escucháramos “No vuelvas nunca más a decirme a mí, que te enseñe todo lo que sabes, lo que tengo que hacer o no hacer, con lo que resta de mi vida”.
Ambos callaron. Sabían que cualquier palabra iba a reavivar el conflicto que ya llevaba bastante tiempo y al que no le encontraban solución.
En el quirófano, el lugar que él mas amaba, su equipo presenciaba el acto final de un gigante de la cirugía, gladiador de tantas batallas, negándose a aceptar una realidad que solo la persona que más lo quería podía animarse a pronunciar.
Poco tiempo después Galván fallecía a los 56 años.
Veamos un poco más en profundidad este tipo de desafío emocional y sentimientos encontrados que, aunque con matices respecto a lo relatado, se presenta con frecuencia en el escenario de nuestra vida privada y profesional.
Dos personas unidas por la sangre y que se aman, en momentos decisivos, encuentran que la vida misma y el sentido común los empuja a un cambio de roles al que nunca hubiesen querido tener que llegar y para al que, seguramente, nadie los había preparado.
¿Cómo no entender la angustia, frustración y pérdida de independencia que se siente al darse cuenta de que ya sus decisiones no son definitivas sino que dependen de la aprobación de sus hijos? ¿Cómo acostumbrarse a entender que ya son personas formadas y con experiencia pero a los que se los sigue percibiendo como aquellos niños queridos que siempre acudían por su consejo y ahora no hacen más que reprenderlos?
En el caso específico de los padres e hijos médicos para el primero, en general, ejercer activamente la profesión no es sólo un trabajo sino una vocación central que define su autoestima pero que, además según su manera de ver, es la que impacta decididamente en el reconocimiento social que tanto le ha costado lograr por lo que tener que ceder su lugar le genera una sensación de pérdida de valoración personal que un amigo mío crudamente define como “la misma vivencia que sufre un oficial de las fuerzas armadas en servicio cuando le son retiradas de sus hombros las insignias de rango. Una verdadera y definitiva degradación”.
Por otro lado, ¿cómo no entender la responsabilidad y la presión, a veces abrumadora y agotadora, que sienten los hijos al tener que asumir la responsabilidad de cuidar a sus padres en medio de la “vorágine” diaria a la que estamos todos sometidos? ¿Cómo convivir con la contradicción de proteger su seguridad sin quitarle el espacio que tan duramente fue ganado sin herir su orgullo o parecer irrespetuoso y como compatibilizarlo frente al deber ético y profesional de proteger la seguridad de los pacientes?
El conflicto así planteado es, a mi entender, aún más profundo en ambos sentidos ya que esa vulnerabilidad ya sea real o preventiva seguramente genera en los mayores una creciente rebeldía que se mezcla con una tristeza infinita y depresión, muchas veces irreversible.
Por otro lado los hijos no pueden escapar a una anticipada sensación de pérdida y sobre todo de desamparo ante la ausencia subjetiva de esa invisible protección que siempre estaba presente y que tanta tranquilidad transmitía el gozar de ese respaldo incondicional de papá.
Luciano Dayán, psicólogo y docente de la Fundación Barceló opina que este tipo de situaciones está directamente relacionada con el tipo de vínculo que ambos construyeron con anterioridad pero agrega una complicación más atento a que habitualmente no se trata de solo un hijo el que debe tomar decisiones, sino que hay hermanos con iguales derechos y habitualmente con diferentes puntos de vista en la manera de distribuir equitativamente las responsabilidades lo que lleva con frecuencia a desagradables situaciones y enojos, no siempre evitables, aconsejando, en éstos casos, evitar el innecesario elevado tono por la gravedad de sus consecuencias.
Atul Gawande, hijo de inmigrantes indios maratíes, es un médico estadounidense, Profesor en el Departamento de Política y Gestión de Salud de la Escuela de Salud Pública de Harvard. Autor de interesantes libros de los que hoy destaco uno de ellos; "Being Mortal: Medicine and What Matters in the End” donde en uno de sus capítulos habla de la relación con su padre, también médico, y del cambio de roles al que con el paso del tiempo se vieron obligados y como intentaron abordarlo.
Debo reconocer que el ejemplo tiene algunas restricciones debido a las diferentes culturas y crianzas respecto a nosotros los latinos pero, según el relato, encuentro que las dificultades de relación y el conflicto son lo suficientemente similares como para comentarlas.
Gawande nos deja como consejo la necesidad de entender que “no todo tiene explicación lógica y sensata para aquellos que ya han vivido demasiados años y que es imprescindible y crucial reconocer que es lo que realmente les importa en esa etapa de la vida”.
Ambos encontraron la respuesta basada en dos acuerdos fundamentales.
Asegurarle al padre de que su voz iba a ser siempre importante en cuanto a sus decisiones personales y fundamentalmente asegurarle el respeto inquebrantable a su dignidad humana por parte no solo de sus hijos sino de toda la familia.
Su padre, por su parte, debió aceptar que había ciertos límites fundamentales que ya no podía transgredir debido a que eran impuestos no solo para su cuidado y bienestar sino también para la tranquilidad de sus seres más queridos.
Padres e hijos deben reconocer que se encuentran en un viaje emocional complicado, que es solo de ida, que está lleno de sentimientos encontrados, de aciertos y equivocaciones, de tratos y destratos de ambos lados y que, para ello deben prepararse, en consecuencia, a navegar en aguas cada vez más turbulentas por lo que se hace necesario tomar perfecta conciencia que deben transitarlo privilegiando el amor y respeto pero centrados en el equilibro y bienestar de todos para que cuando llegue el momento de arribar al puerto final no haya culpas sino la tranquilidad de saber que fuimos tan buenos padres de nuestros padres o tan buenos hijos de nuestros hijos, como ellos lo fueron de nosotros.
Nada sencillo.
* Médico Distinguido de la ciudad de Rosario. Autor de “Ya no es tan grave. La historia de los médicos que enfrentamos al sida” y Mientras el mundo se transforma. Reflexiones sobre Medicina, Ciencia y Liderazgo”.