domingo, 11 de octubre de 2026

 

LOS QUE EMIGRARON

“La deuda impaga y una confesión”

 

Dr. Jorge O. Galíndez*

 

“Me voy Jorge, no aguanto más este país de mierda”

No era la primera vez que escuchaba esta frase que resumía con toda claridad la sensación que se vivía en Argentina en el fatídico año 2001.

Yo mismo la había expresado más de una vez durante los oscuros años de la dictadura militar.



Mario cumplió y se fue para nunca más volver, yo incorregible sentimental, no pude superar la súplica de mi padre que, con mi hijo Mariano en sus brazos, me interpeló:

¿”No lo voy a ver más”?!

Emigrar, siempre es difícil así como enumerar los motivos de tan trascendente decisión, nunca será completo.

Las más dramáticas han sido aquellas que debieron tomarse sin haberlo deseado ni meditado cuando la vida corría peligro y las opciones que se presentaban eran temerarias e insensatas.

La construcción de un camino profesional propio que lo libere del peso del apellido, el espíritu aventurero y porque no, desavenencias amorosas, con frecuencia apuran este tipo de decisiones.

Dejando de lado estas particulares situaciones, me voy a centrar en aquellas otras donde los motores fundamentales para la búsqueda de otros destinos son el deseo de cumplir con expectativas personales y sueños de desarrollo profesional que entienden, en  su país son imposibles de plasmar.



He aquí la primera reflexión que quiero compartir. Es absolutamente indiscutible el respeto a los derechos individuales de tomar las decisiones que más se crean convenientes para el diseño del futuro que anhela un profesional.

Y la segunda, ¿Han evaluado, tienen plena conciencia y por lo tanto, aceptan pagar el alto costo emocional que significa alejarse de sus raíces?



En ese sentido no pocos comentan que, incluso aquellos que llevan un largo tiempo viviendo en el exterior, que han logrado adaptarse a las tradiciones y valores locales y se han insertado en la vida social de su nueva comunidad reconocen las dificultades que significan adaptarse a la biculturalidad, esa que tan bien describió Facundo Cabral en su  inolvidable canción “No soy de aquí ni soy de allá”.

Reconocen también que han debido acostumbrarse a la sensación de ser observados siempre como sudacas, a la nostalgia por “aquellas pequeñas cosas” y esa soledad que los llevan a buscar, paradójicamente, la compañía de otros inmigrantes de su misma condición.



Cierto es que un argentino desarrollándose en el exterior es para nosotros un embajador. Su comportamiento y sus éxitos nos ayudan a elevar la opinión que se tenga sobre nuestro país y eso es muy valorable.

En contraposición, ¿la Universidad Pública, no arancelada, financiada con el esfuerzo de toda la población no debería obtener algún tipo de contraprestación por todo el esfuerzo realizado durante tantos años de su formación?

Difícil respuesta con múltiples particularidades pero, me inclino a decir que sí. Es más, me animo a afirmar que aquellos que  han emigrado sienten que tienen una deuda impaga y gustosos aportarían sus conocimientos y porque no, dinero para mejorar el lugar donde se formaron.

Luego de muchos años volví a encontrarme con Mario. Fue en el Círculo Médico de Paraná donde había llegado invitado para dar una conferencia sobre el tema que le había dado relevancia internacional.



Luego de los sinceros y prolongados aplausos muchos colegas se acercaron a felicitarlo, estrecharle la mano y algunos hasta se sacaron selfies con él.

Sentado en la quinta fila yo lo observaba con atención. Alto, simpático, seguro y ganador no había cambiado nada, era el de siempre, el mismo de aquellos lejanos tiempos cuando estudiábamos juntos.

Cuando me vio sus ojos se iluminaron, bajó bruscamente del estrado, se acercó y me dijo sonriendo:

¡Flaco que hacés acá!, como te extrañé!!!

El abrazo emocionado se prolongó un poco más de lo esperado. De pronto se separó y mientras era reclamado por los organizadores del evento para que vuelva a su sitio me dijo a las apuradas,

“Me tienen de acá para allá no he podido parar un minuto pero mañana venite al hotel y desayunamos juntos”.

Así lo hice. Los recuerdos inundaron la mesa interrumpidos por llamadas al celular que contestaba en inglés, inquieto por el horario, las valijas y su ansiedad, que tanto yo conocía, por que este todo perfecto.

Lo acompañé hasta la puerta y cuando ya estaba listo para subirse al taxi que lo llevaría al aeropuerto se detuvo y comenzó a lagrimear.



“Te voy a confesar algo que nadie conoce, ni a mí mujer se lo he dicho y menos a mis hijos yankees que no lo entenderían”

“Sabes flaco, todas las mañanas cuando abro la computadora lo primero que hago es ir al Street View y me pongo a ver la calle España al 2400, miro mi casa, recuerdo a los chicos de la cuadra, con el mousse camino por la vereda hasta llegar a la esquina de 27 de Febrero y me paro en el mismo lugar donde durante años esperaba el ómnibus que me llevaba a la facultad”.



“Después, elevo la vista al cielo, y ahí  se aparecen mis viejos a los que una y otra vez no paro de pedirles por favor que me perdonen”.



“Recién ahí puedo empezar el día”

“Sin eso mi querido amigo, yo ya estaría muerto.”


* Médico Distinguido de la ciudad de Rosario. Autor de “Ya no es tan grave. La historia de los médicos que enfrentamos al Sida” y “Mientras el mundo se transforma. Reflexiones sobre Medicina, Ciencia y Liderazgo”. Master en Sida de la Universidad de Barcelona.

 


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